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Tanto que me gusta de la vida

  Me gustan  las estaciones cuando llegan los colores del oto ñ o este noviembre frío y hermoso  que tirita afuera la poesía siempre las charlas mientras comemos el canto de ella  cuando algo la divierte el olor del café el sonido del chelo la música y los coros la lectura las caminadas y el Rin. Me gusta tanto la vida que no entiendo por qué hay en mí una tristeza que aún te extra ñ a.

Si no estoy

Si no estoy en tu mente, no siento, no soy el que soy, no existo. Me falto del todo, si no me miras en tu memoria. Si no dejas que sea en tus sueños, decaigo, me da un no sé qué y me desplomo en el olvido.

Un amor que ya no es

  Un amor que ya no es es como un sol sin luz, como un viento que no sopla, como un mar sin agua, como un día sin horas. Es una lluvia de tristeza que no cesa.

Amores fugaces

Tantos amores del momento: en una mirada, en una plaza, con una amiga charlando, con ella a quien no debo nombrar, con una de mis bellas primas, en un baile o en una playa con una adolescente abrazada a otro enamorándome con su mirada, en el recreo del colegio o a la salida del trabajo, en un tren rumbo al sur, en un avión cruzando el Atlántico. Tantos amores que pudieron ser, besos que no fueron, que aún esperan ser inventados, que aún están en mí y tal vez en ellas, bellos amores fugaces  que hubieran podido ser más que un instante.

Vivo otros sueños

  Vivo mis sueños con ella, camino tomado de su mano en las tardes de verano, nos queremos como adolescentes, nadamos con vigor cada día y desnudos nos tendemos al sol mientras siento su esplendoroso cuerpo enamorarse del mío. El cielo esta azul en mi vida y sin embargo algunas noches mientras contemplo el mar no logro olvidar que a ti también te amo.

Un disparo al corazón

  Me hubiera gustado que a quemarropa me hubiera dicho  que me quería. Hubiera muerto de dicha al oír su te amo  como un disparo directo al corazón que hubiese roto  para siempre la ausencia en mil presencias.

Memoria de ti

Se oía la música de la vida enamorada de nosotros mientras al despertar el día. Caminábamos descalzos y felices sobre los verdes prados. Algunas noches a través de la ventana contemplábamos las estrellas soñando cuál de ellas sería la nuestra. Muchas tardes, tú en tu oficio de escribir y yo en el mío de leer, dejamos que el silencio nos uniera. Qué alegría era comentar los libros recién leídos, compartir las emociones que dejaban huella en nosotros. Inolvidable la siesta del verano antes de correr a la playa por las calles de ese pueblito pesquero perdido en una cala de la Bretaña y echarnos al mar, a nadar y reír. Me emociona recordar cómo dejábamos que la noche nos acompañara mientras deambulábamos por las calles y bares besándonos, abrazándonos, inventando palabras de amor. Y en el otoño, refugiados en los brazos del otro, oíamos la lluvia caer mientras nos amábamos. Fue lo más parecido al amor que...