La incertidumbre de las cuatro de la tarde de un día de mayo con un sol espléndido y la vida invitándome a bailar, las nubes de otro cielo que me miran en una calle cualquiera, el agua del río cantando baladas de amor en medio de la noche, la tristeza de los otros que pasan de largo sin saber que existo, el murmullo del bosque que trepa las escaleras de mi mundo para abrirme los ojos a esa playa donde ella sigue mirando al mar al borde de las diez de la tarde, las sombras que aparecen en los libros que leo, ese enamorado que me mira abandonado a las puertas de esa dicha a la que nunca volveré, la sonrisa de una película que se acuerda que yo un día fui a verla, el sabor a fresas de un helado beso del último verano, todos esos instantes que se escapan del exilio en que los escondo para preguntarme una vez más el porqué la sigo esperando en la otra orilla de un olvido que ella no ha de volver a cruzar.