En el instante en que fuimos el otro ya llevábamos el adiós. Mientras nos nadábamos y pensábamos que un océano no bastaría para separarnos, olvidamos que la felicidad estaba de paso. Hoy, que nadamos en otros sue ñ os, a veces al ver la dicha de los enamorados recordamos que un día nosotros también fuimos la tierra prometida para la tristeza del otro.