Se oía la música de la vida enamorada de nosotros mientras al despertar el día. Caminábamos descalzos y felices sobre los verdes prados. Algunas noches a través de la ventana contemplábamos las estrellas soñando cuál de ellas sería la nuestra. Muchas tardes, tú en tu oficio de escribir y yo en el mío de leer, dejamos que el silencio nos uniera. Qué alegría era comentar los libros recién leídos, compartir las emociones que dejaban huella en nosotros. Inolvidable la siesta del verano antes de correr a la playa por las calles de ese pueblito pesquero perdido en una cala de la Bretaña y echarnos al mar, a nadar y reír. Me emociona recordar cómo dejábamos que la noche nos acompañara mientras deambulábamos por las calles y bares besándonos, abrazándonos, inventando palabras de amor. Y en el otoño, refugiados en los brazos del otro, oíamos la lluvia caer mientras nos amábamos. Fue lo más parecido al amor que...