El largo camino de la huida
Huyó
la infancia de mí
y
llegué a ese mar de dudas
y
miedos
que
fue la adolescencia.
Cuando
la empecé a conocer
y
a hacerla sonreír,
también
huyó de mí.
El
tiempo se bebió
sorbo
a sorbo los sueños
que
yo hilaba
en
las tardes de mi niñez
y
en las noches de mi juventud.
Las
mujeres curiosas
me
buscaron, me sonrieron,
moldearon
mi cuerpo
con
sus cuerpos, se fundieron
en
mí y luego se asustaron.
Me
dejaron luchando
contra
el tiempo que me cambiaba
de
estación en estación.
Creía
que seguía en el mismo mundo,
pero
al despertar amanecía
en
brazos de otro día aún desconocido.
Así
el tiempo
fue
sacando de mí
lo
mejor y lo peor,
me
hizo olvidar y me cubrió
la
cara de arrugas
para
que no olvidara todo,
para
que creyera haber conocido
un
mundo mejor,
que
ya nuca sabré si existió.
He
llegado a las puertas
de
la vejez,
no
sé si huyendo de mí
o de los demás.
Nadie
que amé,
ni
lo que fue grata a mis ojos,
ni
un lugar donde me sentí a gusto
siuge conmigo o en mi meoria.
Lo que amaba huyó
como
huye el tiempo.
Ahora
que no tengo nada
ni
nada me ata a las cosas,
puedo
decir
que
la vida es el largo camino de una huida.
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